48 horas sin 4G ¿Sentir o compartir?

Vivimos rodeados de tecnología, estamos en la “Era de la inmediatez”. Gracias a los teléfonos inteligentes, tenemos a nuestro alcance cualquier tipo de información. Compartimos con el mundo “aquí y ahora” en tiempo real, los momentos más felices de nuestras vidas. Sin embargo ocultamos aquellos que no lo son tanto. Porque el mundo no debe enterarse de que eres una persona normal y de que no estás súper happy las 24 horas del día.

A veces pienso que por culpa de nuestros “Smart phones” hemos perdido la capacidad de ver, oír, sentir, oler, tocar e imaginar. En resumen, hemos perdido la capacidad de vivir de verdad. Es cierto que gracias a ellos, podemos inmortalizar para siempre los instantes más especiales de nuestras vidas y revivirlos en cualquier momento.

Y yo me pregunto…

¿Qué vale más? ¿Sentir ese cosquilleo en el estómago con las pruebas de sonido previas al inicio del concierto de tu vida? ¿Vibrar con los primeros acordes de guitarra, mientras imaginas que es a ti a quien mira? ¿Estremecerte con el eco del público que tararea junto a ti tu canción favorita? ¿Viajar en el tiempo y emocionarte con esa canción que tantos recuerdos te trae? ¿O dejar de vivir todo esto por preocuparte en buscar entre la multitud el hueco perfecto para grabar una milésima parte de lo que pasa en ese concierto? Una grabación que durará lo que tu brazo aguante estirado en lo alto, enfocando sin control. Un vídeo en el que el protagonista será un puntito oscuro y diminuto al que tendrás que imaginar cantando al son de un audio difícil de identificar. Un audio en el que sólo se oyen los gallos desafinados del “greñas” que tenías al lado.

¿Qué vale más? ¿Cerrar los ojos y sentir el inmenso placer que provoca ese primer café del día sentado/a en una terraza con vista al mar, donde el romper de las olas se convierte en música de fondo para tus oídos? ¿O desayunar en esa misma terraza removiendo el café con una mano mientras con la otra das los buenos días al mundo, cotilleas las vidas felices de los demás e inmortalizas la imagen de ese café con el mar de fondo? Momento que sólo verás en la pantalla del móvil pero que no habrás vivido de verdad.

¿Qué vale más? ¿Sentir la magia de ese instante en el que dejas volar la imaginación al escuchar por primera vez una canción que no conoces, pero que te transmite de forma inesperada algo muy especial? ¿O dejar de soñar para buscar la mejor cobertura de tu 4G y “shazarmear” esa melodía? Melodía que en tu casa ni sonará igual ni te hará sentir las mismas vibraciones.

¿Qué es mejor? ¿Contarle al mundo lo que ves en cada momento o vivir el momento para poder contarlo?

Las nuevas tecnologías nos hacen la vida más fácil y más cómoda en el día a día. A veces incluso nos hacen compañía a quienes vivimos solos y lejos de los nuestros. Pero no deberíamos olvidar ni pasar por alto que esos momentos, que tanto nos empeñamos en inmortalizar en nuestros dispositivos móviles, no volverán jamás. Entonces ¿Por qué no vivirlos?

No me considero una persona adicta a mi Smart phone, o quizá sí y no lo sé. Sin  embargo creo que sería interesante experimentar como sería mí día a día sin mi teléfono inteligente.

Y como no es lo mismo vivirlo que contarlo, voy a vivir 48 horas sin 4G.

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Tengo la impresión de que este verano va a ser el mejor verano de mi vida (profesionalmente hablando). De un tiempo a esta parte, he decidido trabajar las horas establecidas por contrato y no regalar a la empresa mis días libres semanales correspondientes.

Aún queda mucho verano por delante, pero he de reconocer que más o menos lo estoy cumpliendo todo. Es una experiencia fantástica, única y maravillosa. ¿Y sabéis lo mejor? No siento el más mínimo remordimiento de conciencia.

Hablando de días libres…lo que sí me dice mi conciencia es que tengo un montón de días libres pendientes.

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Finales de agosto, miro la ocupación del fin de semana que viene, ojeo los turnos y todo cuadra para borrarme del cuadrante. Dicho y hecho. Ayer lo decidí y antes de ayer ya lo tenía todo planeado, planificado y reservado. Todo sin moverme del sofá gracias a mi Smart phone. Ups! Primera violación de la regla NO al 4G (en adelante N4G). Bueno, esta no cuenta porque realmente la idea del fin de semana libre surgió antes que la idea del N4G.

Arenys de Mar, un hotel Boutique de 11 habitaciones a dos minutos a pie de la playa. Un fin de semana yo sola conmigo misma. Hace mucho tiempo que llevo en mente hacerme una escapadita yo sola. A los que no lo habéis hecho nunca, os lo recomiendo. ¡Es genial!

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La frase “por fin viernes”, hoy cobra sentido también para mí.

Cuando salgo por la puerta la sensación que vivo es indescriptible. Es una  sensación de entusiasmo inmenso, alegría, ilusión y alivio. Una sensación de libertad absoluta. De vuelta a casa camino con paso firme y rápido. Quiero llegar cuanto antes para terminar la maleta, acostarme, que se esconda la luna y que amanezca. Quiero verle la cara al tiempo, a la vida y a mí misma. Quiero verle la cara a la libertad.

¡Hecho! 01:00 am y maleta cerrada. Todo listo. Ahora vasito de leche caliente y a la cama. Mañana quiero salir temprano. Una vez en la cama reparo en que vuelvo a infringir la regla del N4G. Cojo el móvil para poner el despertador y acto seguido entro en Google Maps para mirar cómo llegar desde Boltaña a Arenys de Mar.

Me cuesta conciliar el sueño. Estoy nerviosa y emocionada como un niño la víspera de Reyes. No me lo puedo creer.

Las 05:00h y ya estoy despierta. Me giro a un lado y a otro. No me puedo levantar todavía, aún es de noche. Me siento más despierta que nunca y con los ojos como platos. Aun con todo los cierro con fuerza esperando y deseando quedarme dormida nuevamente. Aunque en el fondo estoy deseando que sean las 07:00h y suene el despertador. 05:45h y sigo igual. Enciendo la tele desde la cama y me acurruco. 06:00h no puedo más. Me levanto. Zumo, ducha y café (en este orden).

Decido posponer lo del N4G una vez haya llegado a mi destino. Necesito el GPS con el fin de optimizar mi tiempo libre y llegar a la hora prevista. No es que vaya con hora ni con prisa, pero quiero llegar a Arenys a la primera y sin pasar por Cuenca.

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Hay que ver lo que cunde el día amaneciendo a las 6:00h. 11:30h y ya estoy en el Hotel. Nada más entrar me enamoro de este lugar. Un pequeño hotelito de 11 habitaciones ubicado en lo que fueron dos antiguas casas de los siglos XVII y XIX respectivamente. Ambas convertidas en un Hotel restaurado con cariño y decorado con encanto.

Desde el momento en el que aparco el coche y entro en la Recepción siento una magia especial a mi alrededor. O quizá esa magia salga de mi interior.

Me acerco a Recepción y tras saludar con una sonrisa de oreja a oreja, me adelanto a la Recepcionista advirtiéndole de que soy del sector y soy consciente de que es muy pronto para hacer el check in. Sin embargo la habitación que voy a ocupar ya está libre y lista así que me instalo de inmediato.

Llego a la habitación y desde el umbral de la puerta me detengo a contemplar esa encantadora y acogedora estancia de apenas 9 m2. Cierro los ojos, respiro profundo y puedo sentir que el tiempo y el mundo son míos. Al menos durante las próximas 48 horas. Esto me hace recordar que tengo que quitar los datos del móvil. Cojo el teléfono para llamar a mis padres y avisarles de que he llegado bien pero no tengo cobertura. Salgo al precioso balcón que tengo en la habitación, me muevo por él, levanto el brazo. Apago el móvil, lo vuelvo a encender, salgo a la escalera pero nada. No tengo cobertura y sin embargo sí que tengo 4G. ¡Increíble! ¿Será que los duendecillos del 4G se han enterado de mis intenciones y me están boicoteando? Sea como fuere, mando un whatsApp a mis padres avisando de que estoy bien. No hace ni media hora desde que he llegado y ya he vuelto a infringir de nuevo mi propósito de N4G.

Acto seguido me vuelve a sonar el whatsApp, lo miro pensando que sería el ok de mis padres pero no. Es él. Y en este caso NO puedo NO abrirlo. Eso sí que es superior a mis fuerzas. Ésta es la única vía de contacto que tengo con él y renunciar a ello, aunque sólo sean 48h, me cuesta. Definitivamente no es una opción. Aunque he sobrevivido 6 años sin sus buenos días, no pasaría nada por 2 días más. Ummm….No. No quiero. No puedo. Creo que si no fuera por él, hubiera llevado a cabo este experimento del N4G de forma radical. Quizá sea adicta al 4G o quizá  sea adicta a él.

Es la primera vez que deshago la maleta durante una estancia tan corta. Coloco cuidadosamente en el interior del armario la poca ropa que llevo. Utilizo incluso el pequeño cajón de la mesilla en el que guardo el pijama y la ropa interior. La habitación es pequeña pero enormemente acogedora. Decorada en tonos pastel (blanco, verde claro, madera y gris). Cada rincón de la habitación parece hecho a medida para mí. En el hueco que hay debajo del cajón de la mesilla cabe exactamente mi pequeña maleta.

El baño tiene casi casi el mismo tamaño que la habitación. Me llama la atención el marco dorado del espejo estilo “vintage” que contrasta con el suelo negro de pizarra. La pila del lavabo es de piedra y está apoyada tipo ensaladera sobre la encimera. La ducha ocupa todo un lateral, de pared a pared. Es tan grande que en ella puedo bailar y la alcachofa fija en el techo es 4 veces el tamaño de mi cabeza. Una de esas duchas llamadas “sensación lluvia”. No sé si existe este concepto o me lo acabo de inventar.

Enciendo la TV (canal radio) y con la música de fondo me meto bajo la ducha para disfrutar, como se suele denominar en los Spas, de una ducha de sensaciones. Mis sensaciones. Observo los amenities (los botecitos de gel, champú y crema) y me viene a la mente que molan mucho más que los de mi Hotel (ja ja ja… mi Hotel. El Hotel en el que trabajo quiero decir). Bea desconecta. Un segundo y me olvido del tema mientras el agua fría recorre todo mi cuerpo de la cabeza a los pies. Decido darme la crema solar antes de vestirme, luego en la playa es un rollo con la arena. Además, desnuda no corres el riesgo de pasar por alto ningún recoveco de tu cuerpo. Excepto la espalda. Pero este es el riesgo que tienes que correr si vas sola a la playa.

*****

Una vez en la playa dejo el móvil dentro de la bolsa. No quito los datos porque las llamadas con él son a través de whatsApp (en este caso bendito wApp). La de facturas de roaming que he pagado yo en el pasado. Como habréis podido comprobar, mi idea inicial del N4G, ha fracasado. No obstante, quiero comprobar si soy capaz de hacer un uso responsable de mi teléfono inteligente y demostrar la de cosas que nos perdemos por estar tan enganchados a nuestros teléfonos móviles.

La playa de este pequeño pueblo pesquero no es nada del otro mundo pero tiene algo que me encanta. Es inmensa, interminable tanto en longitud como en anchura. El agua está muy limpia, es casi transparente y de un color azulón intenso y brillante. Pero lo mejor es que la arena es de esa que no se pega. Es una especie de arena de piedrecitas muyyyyyy pequeñas. Una gozada.

La playa está casi vacía. Finales de agosto y las vacaciones ya se están acabando para casi todo el mundo, especialmente para las familias con niños.  Me pongo en primera fila. Estoy tan cerca del agua que me pregunto si en un rato tendré que retroceder unos centímetros  para no mojarme. Mirando al horizonte, el eco del mar (tan presente en mi vida) me hipnotiza.

La llegada a mi toalla de una pequeña pelota de goma amarilla, me hace volver a este mundo tras un viaje en el tiempo. Un viaje al silencio. Un viaje a la nada y a la mente en blanco. Un viaje, que según mi reloj, ha durado casi tres horas. Un niño rubio de unos 3 años y de pelo rizado, se acerca a mí y tímidamente estira el brazo para recoger su pelota. En su idioma (holandés, creo) me pide disculpas y me da las gracias.

De vuelta al mundo real siento un estupendo aroma a marisco que viene de uno de los chiringuitos de la playa. Me pongo mi vestido playero. Dudo entre ponerme la parte de arriba del bikini debajo del vestido o no. Opto por la opción más cómoda. Me levanto y me dirijo hacia los chiringuitos. Dejo atrás toalla, libro y crema (estos dos últimos hacen de peso para que la ligera brisa no se la lleve).

Miro a ambos lados y las opciones son dos: a mi derecha, chiringuito 1; a mi izquierda, chiringuito 2. No importa la elección. Hoy uno y mañana el otro. Opto por el chiringuito a mi derecha. Me llama la atención su logotipo. Una estructura metálica en forma de raspa de pez.

Al pisar el chiringuito, enseguida se me acerca el que parece ser el dueño. Un tipo muy cachondo. – “¿Cuántos van a ser?” – “Yo sola” respondo. –“¿Una chica tan guapa como tú sola? Atención solteros” dice en voz alta, dirigiéndose a los camareros que están sirviendo en las mesas colindantes. En menos de tres segundos todo el chiringuito me está mirando. Desde ese momento dejo de ser la mesa 4 para ser la “guapa”. ¡Marchando una caña para la guapa! ¡Una de mejillones y media de sepia para la guapa! ¡Oído cocina! Vamos, un auténtico cachondeo. Me lo estoy pasando pipa. Parezco la invitada de honor. Y para la guapa, una caña gratis y me invitan a café y chupito.

Nunca pensé que en un chiringuito de playa pudiera vivir tantas sensaciones. No lo digo sólo por lo que he comido (que he de decir, estaba exquisito). He sentido el mar dentro de mi cuerpo. He sentido una felicidad y una magia especial mientras comía viendo y sintiendo el mar. He sentido la complicidad de la pareja de ancianos de la mesa 3 que parecían tan enamorados como el primer día. He sentido la antipatía y la amargura de los de la mesa 5, que ni siquiera han dado las gracias al camarero cuando les ha servido. Se han pegado toda la comida sin hablar entre ellos. Ambos 2 con el móvil en la mano. He sentido el buen rollete que había entre los/las camareros/as y del cual me han hecho partícipe. Me he reído a carcajada limpia cuando el camarero andaluz le tomaba el pelo de forma simpática a una guiry que no se enteraba de nada.

No tengo foto del chiringuito, ni de los mejillones, ni de la sepia, ni de la mesa, ni de la caña. Puede que dentro de treinta años no me acuerde de este día. Pero aunque hubiera inmortalizado este momento con mi móvil, dudo mucho que mirando la foto con el tiempo fuera capaz de sentir todo lo que he sentido hoy en este chiringuito.

Vuelvo a mi toalla con la maravillosa sensación de haber vivido un conjunto de instantes mágicos. Me quito el vestido, me rebozo de crema y me vuelvo a tumbar. Durante otras casi tres horas no me hace falta quitar los datos del móvil ni apagarlo para desconectar. Mi cuerpo y mi mente viajan de nuevo a la nada.

Cuando regreso a este mundo, me siento nueva. El sol se está escondiendo y ya no queda casi nadie en la playa. Me incorporo y observo el horizonte. El mar está en calma. A lo lejos un pequeño velero. Dentro de mí una paz y una serenidad que no puedo explicar.

Deben ser casi las 20h. Tanta relajación me ha dado sed. Vuelvo al chiringuito y me pido una cerveza. Me la llevo a la toalla y me vuelvo a sentar. Si la imagen del horizonte, el mar y el velero era mágica ya de por sí. Ahora con la brisa que me acaricia la cara y cerveza en mano, vivo un instante verdaderamente espectacular. Que se pare el mundo, que yo me bajo.

*****

De vuelta al hotel, música de fondo, ducha y aftersun. Vaqueros estilo boyfriend, camisa negra sin mangas, cuello de pico y más larga por detrás que por delante. Sandalias de tacón color beige y bolso marrón. Sí ya lo sé, bolso y zapatos no combinan, pero dicen que eso ya no se lleva. Me encanta la sensación de salir a la calle con el pelo mojado y la cara lavada (tan sólo un poco de máscara de pestañas)

Paseo por el centro de Arenys observando a la gente e imaginando cómo son sus vidas (sí, es algo que suelo hacer habitualmente en el autobús, en los aeropuertos y estaciones o paseando por la calle). Encuentro multitud de terrazas y locales decorados con estilos diferentes y todos me encantan. Algunos son más clásicos tipo irlandés, otros vintage y por supuesto los de copas, más más moderno pero aún cerrados.

Me decanto por uno cuya terraza me llama la atención desde el primer momento. Mesas y bancadas hechas con palés y cojines de colores. Pienso en mi madre que ha estado años y años hasta que ha conseguido uno para hacer una mesa. Allá dónde íbamos y veía un palé decía “ayy que palé más majo para mi mesa”. El suelo está cubierto por una alfombra de césped artificial y toda la terraza rodeada por más palés colocados en vertical que hacen de murete, lo que da al espacio una intimidad e independencia especiales. El toque “chic” lo ponen elementos de decoración rústicos y vintage. Velas colocadas estratégicamente en distintos rincones  de la terraza y una hilera de lucecitas de colores, adornan todo el perímetro de la misma.

El Relaciones Públicas (un yogurín de gimnasio muy mono él) me atiende muy amablemente, pero una vez más con cara de sorpresa por el hecho de ir sola. Su sorpresa es mayor cuando le pido la segunda jarra de cerveza y ni os cuento cuando le ataco al gin tonic. Percibo las miradas furtivas y de admiración de la pandilla que está sentada en la mesa de al lado. Yo creo que a punto estuvieron de invitarme a que me uniera a ellos/as.

Cerveza, paz, serenidad y magia en estado puro en aquel rincón chill out.

*****

Bajo a desayunar y nada más entrar en ese pequeño pero extremadamente acogedor comedor, tengo claro cuál va a ser mi mesa.

El comedor tiene forma de L. El lateral más largo está cerrado por una gran cristalera en la que una puerta lateral da acceso a un patio exterior rectangular.

Es ahí, en ese rinconcito del patio en el que se juntan el palito grande de la L con el pequeño, donde está ubicada mi mesa. El suelo es de madera para exteriores. La cristalera está formada por tres grandes ventanales en forma de arcos. Éstos descansan sobre dos estrechas columnas cuyas bases están decoradas con azulejos de cerámica blanca con motivos geométricos azules. Azulejos que seguramente formaron parte de la casa original.

En el patio sólo hay dos pequeñas mesas. Una cuadrada y otra redonda. Ambas de forja y con la parte superior de baldosines de cerámica blanca y azul (a juego con las columnas). Yo estoy en la cuadrada. La elijo porque está en el rincón y porque en vez de sillas de forja tiene un sillón de mimbre y cojines con motivos marineros. Uno de ellos con forma de pez.

Cuanto me gusta desayunar al aire libre. Quizá sea el buffet de desayunos más pequeño que yo haya visto nunca. Pero para mi gusto no le falta de nada. Sobre mi mesa: dos mini croissant, tostada de mantequilla y mermelada de fresa, zumo de naranja y café con leche. Me acerco la tostada a la boca y me detengo a contemplar la maravillosa estampa que veo. Cada rincón de este patio está lleno de una luz especial. Me paro a mirar la mesa y está preciosa. Llena de colores intensos. Me llama la atención el azul penetrante del vaso de zumo que se mezcla con el naranja vivo del jugo en su interior. El radiante rosa de la mermelada de fresa y el blanco puro de la taza de café. Todo se mezcla con los colorines de la cerámica de la mesa. Me paro a pensar que me gusta el vaso del zumo. Tiene una forma rara, como de jarrón (más ancho en su base y más estrecho en la parte superior)

Al fondo del patio hay cuatro pequeños escalones flanqueados por una mini barandilla que suben a una especie de jardín asfaltado. Una de sus paredes está recubierta de hiedra o de algún otro tipo de planta trepante. Por el suelo una manguera sin recoger y dos mesas arrinconadas.

Me fijo en esa pequeña barandilla. Es de forja negra. Los barrotes de su parte central tienen forma de S, aunque a mí me ha venido a la mente una clave de sol invertida.

Mi primer impulso es el de fotografiar este pequeño rincón que estoy describiendo para compartirlo con el mundo. Pero no lo hago. No lo hago porque aunque pudiera compartir con vosotros esta imagen, no podría transmitiros la magia que estoy viviendo en este momento. Un instante que me ha atrapado de tal manera que en vez de desayunar y salir pitando para la playa, llevo aquí sentada más de una hora. Una hora hipnotizada por la belleza de un momento mío y solo mío.

Es cierto que habría acabado antes haciendo una foto con el móvil. Pero luego se me habría ido el tiempo en retocarla (brillo, contraste, luz, filtros, etc) y en compartirla con el mundo por wsp y a través de redes sociales. Sin contar con el tiempo que posteriormente habría invertido en contestar a los wsp de respuesta y en likear/comentar los diferentes comentarios de fb.

Cuando termine y me levante, puede que haga una foto de este lugar para tener un recuerdo. No obstante la memoria de la magia de este instante me la llevo dentro porque eso no se puede fotografiar.

Y me vuelvo a preguntar: ¿Qué es mejor? ¿Contarle al mundo lo que ves en cada momento o vivir el momento para poder contarlo?

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